El mayor castigo para quienes no se interesan por la política es que serán gobernados por personas que sí se interesan.
Arnold J. Toynbee
Ha de ser una filia extremada hacia el vampirismo lo que le lleva al 23% de los votantes a poner amablemente la carótida a disposición de los afilados colmillos de los trápalas del PP.
No hay una explicación racional que justifique en primera instancia el apoyo incondicional de tantos ciudadanos a un partido político cuyos máximos representantes, llámense consejeros, diputados o presidente en ejercicio, están imputados por corrupción y espionaje. ¿Se puede caer más bajo en el desempeño de un cargo público? Al parecer, la honradez ya no es un valor estimable, sino moneda de cambio al albur de los intereses espurios de los mercantilistas. Pero eso sí, ellos son honrados por definición o, mejor dicho, por “indefinición” y por sostenello y no enmmendallo; los demás siempre están en entredicho.
Así las cosas, la derecha tiene licencia para delinquir. Se ha abierto la veda. Todavía se puede ampliar más el margen de maniobra de los Fabra, los Camps, y de todos aquellos que entiendan la política con la actitud rampante de sus correligionarios. Ayer quedó muy claro: cuentan con el beneplácito de muchos simpatizantes y por supuesto, con el inestimable apoyo de los representantes eclesiásticos, que seguro que se frotan ya las manos para empuñar el micrófono como garantes de la respetabilidad y el sentido común. ¿Cómo acallaremos ahora a los vocingleros de turno encumbrados por su propia truhanería?
El PP ha sabido gestionar de manera extraordinaria los últimamente frecuentes traspiés del gobierno y éste, por el contrario, no ha sabido vender sus aciertos. ¿Son la crisis y la reforma sobre la ley del aborto los causantes de la estampida? Es cierto que la crisis económica ha socavado la credibilidad del gobierno en su empeño por maquillarla y en su imperturbable optimismo. Y que al mismo tiempo, erró inocentemente en la elección del momento más idóneo para presentar la reforma sobre le ley del aborto. Pero es cierto también que la crisis no la ha desencadenado Zapatero, sino que es producto de los efectos, en esta ocasión, perniciosos de la globalización. La onda expansiva fraguada en los Estados Unidos arrasó Europa y el resto del mundo. No deja de ser una paradoja el hecho de que sólo el representante de un gobierno socialista sea el culpable de la crisis, mientras los gobiernos europeos de derechas siguen afianzando sus posiciones hegemónicas en su propio país y en Europa. No hemos llegado a la connivencia de los ciudadanos italianos con respecto a las consentidas artimañas de la política de Il Cavalieri, pero… al tiempo. Esperemos que no cunda por aquí también algo similar a la cosa Berlusconi.
Entiendo que la ciudadanía europea, en un alarde de pánico y en franca huída hacia delante, se atrinchera detrás de la ideología conservadora con la esperanza de que éstos le pongan puertas al campo. El temor ante las masivas oleadas de inmigración en el continente europeo, los cada vez más frecuentes brotes de xenofobia, el miedo ante las incursiones terroristas de los islamistas, entre otros asuntos, son un buen caldo de cultivo que propicia, a mi parecer, el auge de la ideología conservadora. ¿No saben los ciudadanos europeos que la derecha, con su intransigencia e intolerancia, no construye la convivencia, sino que, por el contrario, encizaña y favorece actitudes xenófobas y beligerantes? ¿Tampoco saben estos ciudadanos europeos que no hay cerrojos que no traspasen en el momento que consideren oportuno el fanatismo y el fundamentalismo? Hasta ahora nos ha valido el diálogo. ¿Por qué no seguir construyéndolo?
Europa se hará cada vez más pequeña, fagocitada por su etnocentrismo y su prepotencia si la dejamos en manos de representantes tan poco convencidos de los valores democráticos que hemos custodiado durante tanto tiempo.
Mientras todo esto sucede, la izquierda duerme el sueño de los justos. Cuando se despierte, ocurrirá como en el cuento de Monterroso, el dinosaurio todavía estará allí.
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