Regresaba definitivamente a casa en un vagón de tercera después de haber permanecido en Madrid estudiando durante cinco años. No fue nada fácil conseguirlo. Su perseverancia le costó muchos exabruptos de su padre, hasta que al final éste cedió, no sin advertirle que pasado el tiempo de rigor volvería para ayudarle en el negocio. ¡Qué culpa tenía él de no haber tenido un hijo varón! Pero la vida había sido así de injusta y, a cambio, le había dado en prenda una niña que, por si fuera poco, no tenía más que pájaros en la cabeza.
-Está bien, yo aún puedo manejarme con todo esto solo, y a lo mejor te enseñan algo que nos sea de utilidad en el futuro, le dijo como una admonición; y se fue dando un portazo como tenía por costumbre cuando se le doblegaba su voluntad.
La chica se preguntó qué tendrían que ver las Humanidades con la ferretería, pero no se atrevió a contrariarlo más de lo que estaba. Así que se limitó a callar, al mismo tiempo que inclinó hacia un lado la cabeza para que él no advirtiera la sonrisa que se perfilaba en la comisura de sus labios. Por fin tenía la oportunidad tan ansiada.
Desde su más tierna infancia había aprendido de su madre a moverse sigilosamente por la casa para pasar desapercibida a los ojos de su padre, aunque a ninguna de las dos le servía de mucho. El hombre entraba y salía de la tienda a la trastienda cada vez que atendía a un cliente, y le recriminaba a la familia en un lenguaje siempre subido de tono lo que no había sido capaz de discutirle al comprador. Y así pasaba todo el tiempo que el negocio estaba abierto al público. Los únicos momentos de sosiego que tenían se limitaban a la mañana del domingo, cuando él se enclaustraba en la tienda para poner al día el registro de cuentas y clasificar y colocar las cajitas de tornillos, tuercas, y demás suministros que recibía semanalmente. Las mujeres escuchaban el ruido metálico de las escaleras y el tintineo de las cajas, y hubieran dicho que se dedicaba a contar los pedidos uno a uno, pero nunca se molestaban en ir a comprobarlo.
La vivienda constaba sólo de tres piezas: la sala de estar y dos dormitorios, además de la cocina y el baño, al fondo del pasillo, por lo que difícilmente había espacio para perderse y esquivar los malos modos de su padre. Tampoco hubiera tenido la oportunidad si hubiera sido una vivienda de doscientos metros; cada vez que se aislaba en su habitación, vociferaba su nombre para que regresara a la sala de estar.
-Los dormitorios son para dormir; nada de esconderse para escuchar música o leer. A saber qué falta te hace a ti leer ni pensar tanto en las tonterías que lees, que son sólo pamplinas para gente desocupada. Ayúdame a mí o a tu madre. Bastante hay con que te deje ir al colegio a tu edad. No sabes hacer nada. ¡Qué va a ser de mí cuando tu madre no pueda cuidar de la casa!
Y esta era la arenga que le espetaba cada vez que no estaba allí donde a él le parecía que tenía que estar. Las dos mujeres lo escuchaban siempre resignadas hasta que pasaba la tormenta y recobraban la normalidad, que por lo general duraba poco. ¡Qué otra cosa podían hacer!
Continuará.
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