lunes 23 de febrero de 2009
Y ese olor a manzanas...

"Para vivir, morimos".

Pedro Guerra


Tendré que acostumbrarme a su ausencia, se dijo febril mientras miraba extasiada las áridas paredes de la habitación. Había permanecido en vela toda la noche, arañando los recuerdos hasta pulirlos como huesos. Las imágenes se sucedían imposibles aferrándose a sus párpados, trepando por sus cabellos, lacerando el aire hasta la asfixia. Y una y otra vez besó su rostro inerte, lívido como el lirio.

La noche ardió hasta las cenizas. A través de la ventana comenzaba a revelarse el día. Sólo entonces lo dejó marchar, con un suspiro, para siempre.

Sin embargo, aún le quema en el oído la caricia de su voz. Y luego está ese olor penetrante a manzanas por toda la casa, como el que aspiraba cuando la acogía en sus brazos.



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miércoles 18 de febrero de 2009
A las puertas de la nueva ley sobre el aborto
Parece que fue ayer. Todavía escuchamos el ruido de las protestas de los biempensantes cuando hace 23 años se despenalizó el aborto en nuestro país. Sin embargo, estos mismos acudían a Inglaterra, Holanda o Francia, como si del puente aéreo se tratara, para interrumpir el embarazo (una media de 33.000 mujeres viajaban cada año a las clínicas en el extranjero). Las que no tenían los medios económicos a su alcance, tenían que afrontar el oprobio de los abortos clandestinos, que por lo general tenían un desenlace fatal. Y es que en esto de la doble moral, nuestro país nunca ha ido a la zaga. Luego vinieron años de profundos cambios en la política que nos han servido de base para construir la sociedad que ahora disfrutamos en lo que respecta a derechos y libertades. Después de varias tentativas, ahora damos un pasito más en este tema, ya que las prácticas sociales demandan una reforma a la europea de la ley en cuanto a los supuestos legales en vigencia, necesaria para garantizar una mayor seguridad jurídica en el ejercicio de los derechos de las mujeres y de los profesionales sanitarios.

La Comisión de Igualdad del Congreso de los Diputados ha aprobado hoy las conclusiones de la Subcomisión encargada de estudiar la reforma. El texto, apoyado mayoritariamente, aunque con el previsible rechazo del PP y las abstenciones del PNV y CIU, pretende dar cabida a la gran mayoría de las interrupciones que se producen en España, así como la articulación de sencillos protocolos dentro de la sanidad pública que garanticen la información sobre planificación familiar, alternativas de apoyo social en la continuidad del embarazo y acceso a métodos anticonceptivos fiables. Ahora falta el debate, que supongo será arduo, y su posterior aprobación en el Congreso.

Lejos quedan los tiempos en los que el restrictivo código penal establecía duras penas, excepto en aquellos casos en los que la comisión del delito se hubiera llevado a cabo tratando de ocultar la "deshonra" de la familia. Sin embargo, aunque parece hoy fuera de contexto, seguimos teniendo variantes de la misma ideología, que sólo sirve de obstáculo en el progreso social. Paradógicamente, quienes la representan, son los primeros que se apuntan a los beneficios que conlleva. Ellos no lo saben, pero son los mismos objetores actuales de la ciudadanía, esos que no quieren estudiarla porque no les interesa y que por supuesto la tienen suspensa. ¡Qué culpa tenemos los demás!

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domingo 15 de febrero de 2009
¿Por qué me quieres?

"Y el silencio es lo que queda cuando todo se sabe y nada se espera".

Jacques Roubaud


-¿Por qué me quieres?, le preguntó ella.

-Te quiero porque tu alma y la mía son la misma, le respondió él.

-¿Sólo por eso?

-No.

-¿Entonces, por qué?

-Ya ves... No tengo palabras.

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sábado 14 de febrero de 2009
Como una sombra (3)

-Señorita, ¿le ocurre algo?, ¿quiere sentarse?

La voz meliflua del muchacho la sosegó y la volvió en sí.

-Estoy bien, gracias, probablemente es el calor y el cansancio del viaje, respondió aún aturdida, al tiempo que le ofreció la mejor de sus sonrisas intentando deshacerse de él cuanto antes. Lo último que le apetecía era dar explicaciones a un extraño.

Efectivamente, ningún viento agitaba el cielo radiante de aquella tarde. El sol en llamas caía implacable sobre el asfalto cuando salió de la estación. Entonces se detuvo inesperadamente, volvió sobre sus pasos y entró en la cafetería. Necesitaba tomar algo y despejarse antes de llegar a su casa. A pesar de no haber mucha gente, la atmósfera estaba cargada por el humo y la falta de ventilación, pero no le importó. Encontró una mesa un poco apartada que le permitía pasar desapercibida; se sentó y pidió un refresco.

Era consciente de que estaba viviendo una situación absurda. Nadie en sus cabales dedica los mejores años de su vida a adquirir una formación para después echarlo todo por la borda, como si nada hubiera cambiado. Sus amistades de la facultad se lo habían advertido. La tomaron por una lunática cuando les explicó que al finalizar sus estudios trabajaría como dependienta y asesoraría a la clientela de su padre sobre el taladro que más se acomodaba a sus necesidades o sobre la conveniencia del PVC en los desagües del cuarto de baño. Pero ella no admitía intromisiones. ¿Qué podían saber ellos? ¿Acaso tenían que someterse a los caprichos de su progenitor por el hecho de haberles dado la vida? Sin embargo, las palabras de sus compañeros repiqueteaban en su subconsciente cada vez con más fuerza.

Así se debatió interiormente durante un buen rato, hasta que se convenció de que hay cosas que no tienen retroceso; como la muerte. Ya no pertenecía a ese lugar ni a sus gentes. Entonces pensó que había un comienzo para ella. Estaba a punto de cumplir los veinticuatro y le faltaban años para saber a ciencia cierta que la vida es una sucesión de pequeñas muertes que van dejando a su paso un cortejo de sombras, y que hay que dejarlas marchar o perecer con ellas. Tampoco sabía que no hay dolor más dilatado que el olvido.

Miró a través de los cristales deslucidos de la cafetería y vio que el sol empezaba a ocultarse en el horizonte. Abonó la consumición y salió precipitadamente. Consiguió un billete en el tren de regreso a las ocho de la tarde. Se dirigió de nuevo al andén con paso firme y la cabeza y los hombros erguidos; y subió a la plataforma sintiéndose liviana y segura de sí misma, quizá por primera vez en su vida.

A los pocos minutos, después de acomodarse, el tren se puso en marcha. Atrás quedaba el rumor del pueblo y de sus habitantes. Ya tendría tiempo de explicarse si querían escucharla. Vio pasar lentamente las sombras oblicuas que proyectaban en el andén los pasajeros a la luz del atardecer, pero no le fue posible reconocerse entre ellas.

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domingo 8 de febrero de 2009
Como una sombra (2)

El traqueteo del tren la había ensimismado tanto que se había quedado extasiada, con la mirada absorta en el paisaje, desgranando uno a uno los recuerdos de su infancia y adolescencia. Ahora sabía con certeza que había vivido estremecida; pero en el pasado no le fue fácil discernir hasta qué punto estaba siendo atenazada por el despotismo de su padre y aquel aire enrarecido, producto de infinitos acordes de silencios e inicuas culpabilidades que la hundieron en una existencia insufrible. El único espejo en el que podía mirarse estaba tan empañado por la sumisión que lo único que aprendió fue a sobresaltarse y encogerse con el más mínimo ruido.

Quizás si la relación con su madre hubiera sido más afectuosa, no se hubiera sentido tan huérfana y desvalida. Pero cada vez que buscó en ella amparo o cierta complicidad, se limitó a agachar la cabeza, evitando enfrentar su mirada. No le perdona los abrazos que no le dio.

Serían las cinco de la tarde cuando llegaron a la pequeña y vetusta estación de su pueblo, allí donde el tiempo se había detenido como el agua estancada de esos pantanos verdinegros completamente paralizados por el légamo pacientemente depositado en sus entrañas. Desde el andén pudo percibir de inmediato el aire viciado que emanaba de la sala de espera con los primeros efluvios del calor. Y también desde allí, a un kilómetro de distancia del pueblo, podía escuchar claramente la respiración insidiosa de sus habitantes.

Permaneció inmóvil durante unos minutos en el mismo quicio de la puerta que daba acceso a la estación. Sentía que la sangre toda se le subía a la cabeza y le arrebolaba el rostro. Dejó caer la pequeña maleta al suelo y se apoyó levemente en la pared.

Durante los últimos años había sido incapaz de afrontar este momento. Ni siquiera se permitió pensar que las cosas pudieran ser de otra manera. Las ocasionales visitas que hizo a su familia habían derivado siempre en coacciones y victimismo, del que difícilmente sabía sustraerse. Y así se mantuvo estrecha e ineludiblemente ligada a cumplir el pacto que había hecho con su padre.

¿Sería cierto que en algún otro lugar había un destino mejor para ella?


Continuará.


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miércoles 4 de febrero de 2009
Como una sombra (1)


Regresaba definitivamente a casa en un vagón de tercera después de haber permanecido en Madrid estudiando durante cinco años. No fue nada fácil conseguirlo. Su perseverancia le costó muchos exabruptos de su padre, hasta que al final éste cedió, no sin advertirle que pasado el tiempo de rigor volvería para ayudarle en el negocio. ¡Qué culpa tenía él de no haber tenido un hijo varón! Pero la vida había sido así de injusta y, a cambio, le había dado en prenda una niña que, por si fuera poco, no tenía más que pájaros en la cabeza.

-Está bien, yo aún puedo manejarme con todo esto solo, y a lo mejor te enseñan algo que nos sea de utilidad en el futuro, le dijo como una admonición; y se fue dando un portazo como tenía por costumbre cuando se le doblegaba su voluntad.

La chica se preguntó qué tendrían que ver las Humanidades con la ferretería, pero no se atrevió a contrariarlo más de lo que estaba. Así que se limitó a callar, al mismo tiempo que inclinó hacia un lado la cabeza para que él no advirtiera la sonrisa que se perfilaba en la comisura de sus labios. Por fin tenía la oportunidad tan ansiada.

Desde su más tierna infancia había aprendido de su madre a moverse sigilosamente por la casa para pasar desapercibida a los ojos de su padre, aunque a ninguna de las dos le servía de mucho. El hombre entraba y salía de la tienda a la trastienda cada vez que atendía a un cliente, y le recriminaba a la familia en un lenguaje siempre subido de tono lo que no había sido capaz de discutirle al comprador. Y así pasaba todo el tiempo que el negocio estaba abierto al público. Los únicos momentos de sosiego que tenían se limitaban a la mañana del domingo, cuando él se enclaustraba en la tienda para poner al día el registro de cuentas y clasificar y colocar las cajitas de tornillos, tuercas, y demás suministros que recibía semanalmente. Las mujeres escuchaban el ruido metálico de las escaleras y el tintineo de las cajas, y hubieran dicho que se dedicaba a contar los pedidos uno a uno, pero nunca se molestaban en ir a comprobarlo.

La vivienda constaba sólo de tres piezas: la sala de estar y dos dormitorios, además de la cocina y el baño, al fondo del pasillo, por lo que difícilmente había espacio para perderse y esquivar los malos modos de su padre. Tampoco hubiera tenido la oportunidad si hubiera sido una vivienda de doscientos metros; cada vez que se aislaba en su habitación, vociferaba su nombre para que regresara a la sala de estar.

-Los dormitorios son para dormir; nada de esconderse para escuchar música o leer. A saber qué falta te hace a ti leer ni pensar tanto en las tonterías que lees, que son sólo pamplinas para gente desocupada. Ayúdame a mí o a tu madre. Bastante hay con que te deje ir al colegio a tu edad. No sabes hacer nada. ¡Qué va a ser de mí cuando tu madre no pueda cuidar de la casa!

Y esta era la arenga que le espetaba cada vez que no estaba allí donde a él le parecía que tenía que estar. Las dos mujeres lo escuchaban siempre resignadas hasta que pasaba la tormenta y recobraban la normalidad, que por lo general duraba poco. ¡Qué otra cosa podían hacer!


Continuará.

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